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Con 121 metros de altura, 33 motores Raptor y una ambición interplanetaria, el cohete Starship volvió a rugir en el cielo texano. En su noveno vuelo de prueba, SpaceX (la empresa fundada por Elon Musk) logró lanzar desde Starbase, la nueva ciudad cerca de Brownsville, una de las misiones más técnicas hasta ahora.
Lo interesante: es la primera vez que se reutiliza el propulsor Super Heavy, que ya había volado en la séptima misión. Esta vez, aterrizó en una plataforma flotante en el Golfo de México, dejando atrás el clásico retorno a la base. Por su parte, la nave Starship intentará desplegar simuladores de satélites Starlink en una órbita suborbital.
Aunque el despegue fue exitoso, los dos lanzamientos anteriores terminaron en explosiones, y las críticas ambientales persisten. Grupos ecologistas advierten sobre el impacto en las reservas naturales cercanas, hogar de especies en peligro.
Además, el contexto político no pasa desapercibido. Musk, tras alejarse brevemente del círculo cercano de Trump, vuelve a estar en el centro de la controversia por su influencia sobre la FAA, la agencia reguladora de aviación, que recientemente le autorizó a SpaceX realizar hasta 25 vuelos de prueba al año.

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