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La ciudad de Kiev, capital de Ucrania, vivió una de sus noches más brutales desde el inicio de la invasión rusa, tras ser blanco de un ataque masivo con 11 misiles y 539 drones lanzados por Rusia entre la noche del jueves y la madrugada del viernes.
El estruendo comenzó poco después de las 20 horas del 3 de julio, cuando un primer dron Shahed sobrevoló el bosque de Babin Yar, un sitio cargado de memoria histórica por la masacre nazi de miles de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese momento, la ciudad quedó sumida en una ola continua de explosiones, ráfagas de ametralladoras y defensas aéreas intentando repeler los artefactos rusos.
Los habitantes buscaron refugio en estaciones de metro, algunos con niños y provisiones, mientras otros intentaron mantener la normalidad hasta el inicio del toque de queda.
Sin embargo, los bombardeos se prolongaron durante horas, dejando incendios, edificios destruidos y una densa nube de humo en distintos puntos de la capital.
Uno de los distritos más afectados fue Solomianski, donde fueron alcanzados un bloque de apartamentos, una oficina de la empresa Nova Poshta, un supermercado y una infraestructura eléctrica. Varios automóviles quedaron volcados por la fuerza de las explosiones y decenas de vecinos se dedicaron desde temprano a limpiar vidrios rotos y escombros, en medio de la devastación.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, calificó la ofensiva como otra muestra de que Rusia “no tiene intención de poner fin a la guerra y al terror”, y afirmó que fue “una noche brutal y de insomnio” para los ciudadanos de Kiev. Zelenski adelantó que este viernes sostendrá una llamada con el presidente de EEUU, Donald Trump; a quien pedirá nuevamente intervenir para presionar a Moscú.
El ataque ocurre a solo horas de una llamada previa entre Trump y Vladímir Putin, que resultó inútil.





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