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La mejor hora para cenar no depende únicamente de lo que se come. El momento del día en que ingerimos los alimentos también puede influir en la manera en que el organismo los procesa, de acuerdo con una disciplina científica conocida como crononutrición.
“Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo” es un dicho que Javier Hirschfeld, quien creció en España, recuerda haber escuchado desde pequeño. La frase resume una costumbre alimenticia en la que el almuerzo representa la comida más abundante del día y la cena suele ser más ligera.
En España, explica Hirschfeld, incluso hay personas que se saltan la cena o consumen únicamente fruta y un yogur. En contraste, en países como Reino Unido y Estados Unidos es más habitual optar por un almuerzo ligero y concentrar una comida más abundante durante la noche.
Sin embargo, esta distribución podría no ser la más favorable para el organismo, según los planteamientos de la crononutrición.
Esta disciplina estudia la relación entre la alimentación y el reloj biológico interno, conocido como ritmo circadiano. Su objetivo es comprender cómo el momento en que comemos puede influir en procesos relacionados con el metabolismo.
Diversos estudios han señalado que el ritmo circadiano desempeña un papel importante en la manera en que el organismo procesa los alimentos. Por ello, dos personas podrían consumir alimentos similares y experimentar respuestas metabólicas diferentes dependiendo del momento del día en que los ingieren.
La crononutrición ha despertado interés debido a su posible relación con aspectos de la salud como el control del peso y la prevención de enfermedades cardiovasculares.
Esto significa que una alimentación saludable no depende exclusivamente de elegir determinados alimentos. El horario de las comidas también puede formar parte de los hábitos que influyen en el funcionamiento del organismo.

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